Desde
los albores del Génesis hasta las epístolas de Pablo, la historia humana se
cuenta entre dos nombres: Adán y Cristo. El primero abrió la herida del pecado;
el segundo, trajo la cura. Entre ambos se libra el mayor drama de la redención:
la caída y la restauración de la humanidad.
2. El
escenario de la prueba: Edén y Desierto.
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Aspecto |
Primer Adán (Edén) |
Segundo Adán — Cristo (Desierto) |
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Lugar |
Jardín del Edén: abundancia, seguridad, comunión con Dios. (Gén 2–3) |
Desierto: soledad, privación, aridez; ausencia visible de comodidades
y de la pompa del Edén. (Mt 4:1–11) |
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Condición física |
Plenitud de fuerzas; sin efectos de la maldición; vigor corporal y
mental. (EGW: “fue creado perfecto…”) — CT 219.3 |
Fragilidad humana real: hambre, cansancio, sed; sujeto a la debilidad
heredada de la raza. (Mt 4; EGW: “En el desierto de la tentación, Cristo
estuvo sin alimento…”) — 1MS 314.2–316.1 |
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Presencia/ manifestación divina |
Comunión visible y directa con Dios (comunión inmediata en Edén). |
Aparente silencio/privación; Jesús actúa en la condición humana de
necesidad y prueba. EGW enfatiza que Jesús no tuvo las exhibiciones gloriosas
que sostenían a otros (Moisés). — 1MS 314.2–316.1 |
|
Tipo de tentación |
Engaño (serpiente), apelación al apetito y la confianza en el criterio
humano. (Gén 3) |
Tentaciones directas de Satanás: apetito (pan), prueba (tirarse del
pináculo), poder/atajo (adorar por dominio). (Mt 4:3–9) |
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Magnitud / dureza |
Prueba con ventaja (condición favorable para resistir). EGW: “fue
creado perfecto… pero cedió”. — 3MS 160.3 |
Prueba de mayor intensidad: “Cristo fue tentado en forma cien veces
más cruel que Adán” (EGW). Mayor hostilidad del adversario y condiciones
peores. — MGD 42.4–5 |
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Recurso defensivo |
En el caso de Adán, la decisión fue aceptar la voz de otro (Eve /
serpiente). Falta de apelación efectiva a la obediencia filial. |
Jesús emplea la Escritura: “Escrito está” — la Palabra como espada
defensiva; dependencia filial y obediencia activa. — Mt 4; EGW: “‘Escrito
está’ fue su arma defensiva…” (SDA Bible Commentary 5:1129) |
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Resultado inmediato |
Cedió: desobediencia, introducción del pecado y la maldición. (Gén 3;
Rom 5:12) |
Resistencia victoriosa; fiel obediencia hasta la muerte; inauguración
del restablecimiento. (Mt 4; Rom 5:18–19; Heb 2:14–18) |
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Consecuencia universal |
Por Adán: condenación y corrupción — “en Adán todos mueren”. (Rom 5; 1
Cor 15:22) |
Por Cristo: justificación y vida potencial para la humanidad — “en
Cristo todos serán vivificados”. (Rom 5; 1 Cor 15:22) |
a) Condición antes de la prueba:
Adán: creado en integridad. Génesis 1–2 describe al hombre en su estado original de plenitud y perfección, asi como un ambiente con alimento abundante, lleno de inocencia, gozando de comunión directa y ningún “efecto del pecado sobre él ”. Ellen G. White dice: “Pero antes de su caída, Adán estaba libre de los resultados de la maldición. Cuando fue asaltado por el tentador ninguno de los efectos del pecado estaban sobre él. Fue creado perfecto en pensamiento y acción; pero cedió al pecado, y cayó de su estado elevado y santo.” (3MS 160.3).
Cristo: aunque divino, asumió la condición humana deteriorada por la maldición histórica; por tanto fue probado en las mismas vulnerabilidades que la humanidad sufre (hambre, fatiga, dolor, vulnerabilidad emocional) y vivió en un ambiente lleno de corrupción y maldad. EGW señala: “¡Qué contraste el del segundo Adán cuando fue al sombrío desierto para hacer frente sin ninguna ayuda a Satanás! Desde la caída, la raza humana había estado disminuyendo en tamaño y en fortaleza física, y hundiéndose más profundamente en la escala de la dignidad moral, hasta el período del advenimiento de Cristo a la tierra. Y a fin de elevar al hombre caído, Cristo debía alcanzarlo donde estaba. El tomó la naturaleza humana y llevó las debilidades y la degeneración del hombre. El que no conoció pecado, llegó a ser pecado por nosotros. Se humilló a sí mismo hasta las profundidades más hondas del infortunio humano a fin de poder estar calificado para llegar hasta el hombre y elevarlo de la degradación en que el pecado lo había sumergido.” (1MS 314.2)
b) El
método de la tentación:
- Adán:
En
el Edén, la serpiente apeló a la mente y al deseo de Adán y Eva por medio de la
sofistería y la duda. Satanás distorsionó el carácter de Dios, insinuando que
el Creador era restrictivo y egoísta (“¿Conque Dios os ha dicho…?”), sembrando
así la sospecha sobre su bondad y justicia (Gén. 3:1–5). Les presentó la
desobediencia como una vía hacia un bien superior: “seréis como Dios”. Fue una
tentación a la autonomía, al deseo de hacerse señores de sí mismos, decidir el
bien y el mal al margen del Creador y buscar su propio beneficio. EGW describe
este engaño diciendo: “Satanás atrajo al primer Adán valiéndose de su
sofistería, de igual modo como atrapa hoy a los hombres y mujeres
conduciéndolos a creer una mentira. Adán no se elevó por encima de su humanidad
buscando el poder divino; creyó a las palabras de Satanás.” (CT 219.3).
- Cristo:
En
el desierto, Satanás empleó el mismo patrón, pero con una intensidad
multiplicada. Tras cuarenta días de ayuno, buscó inducir a Jesús a satisfacer
su propia necesidad física, a usar su poder divino para hacer su propia
voluntad al margen de la del Padre (“di que estas piedras se conviertan en
pan”). Fue la apelación al apetito y a la autosuficiencia.
Luego lo incitó a dudar de la relación con su Padre y a exigir una prueba de su favor (“si eres Hijo de Dios, échate abajo…”), tentando así la fe por el camino de la presunción. Finalmente, lo llevó a una tentación espiritual y política, ofreciéndole los reinos del mundo a cambio de un atajo: adorar al enemigo y cumplir su misión por un camino más fácil, sin cruz ni sufrimiento.
Cristo
enfrentó los mismos principios de la tentación humana —apetito, orgullo,
poder—, pero no cayó en la duda, ni buscó su propio interés. En cada ataque
respondió con la Palabra: “Escrito está…” (Mt 4:4, 7, 10), demostrando que la
verdadera victoria consiste en confiar en el carácter de Dios, someter la
voluntad propia a la suya y depender totalmente de la Escritura y del Espíritu.
Mientras
Adán fue tentado en un entorno de perfección, Cristo fue tentado en la extrema
miseria humana.
“Cristo
fue tentado en forma cien veces más cruel que Adán, y en circunstancias mucho
peores en todo sentido. El engañador se presentó como un ángel de luz, pero
Cristo resistió sus tentaciones. Redimió la vergonzosa caída de Adán y salvó al
mundo” (MGD 42.4–5).
>
“Cristo... vino en semejanza de carne de pecado. En favor del hombre se sujetó
al dolor, al cansancio, al hambre, a la sed. Estaba sujeto a la tentación, pero
no se rindió al pecado... El segundo Adán soportó la prueba y la tentación para llegar
a ser el dueño de toda la humanidad” (3MS 160.3–4).
- Adán:
no apeló con fidelidad a la voz divina; la autonomía y la atracción del
deseo vencieron.
- Cristo:
su defensa fue la Escritura: “Escrito está…”, mostrando que la fidelidad
se mantiene por la adhesión a la Palabra y la comunión filial.
EGW
enfatiza: “El primer Adán cayó; el segundo Adán se aferró a Dios y a su Palabra
bajo las circunstancias más tremendas, y su fe en la bondad, la misericordia y
el amor de su Padre no vacilaron ni por un momento. ‘Escrito está’ fue su arma
defensiva, y es la espada del Espíritu que todo ser humano debe usar.” (The SDA
Bible Commentary 5:1129).
- Adán:
pecado, muerte, corrupción transmitida. (Rom 5:12)
- Cristo:
obediencia, derrota de la muerte, posibilidad de justificación y vida (Rom
5:18–19; Heb 2:14–15). EGW: “Cristo, por su perfecta obediencia,
reconquistó el cielo que Adán perdió por su desobediencia.” (FO 91.1).
“Desde
que se rebeló por primera vez, Satanás había estado en guerra contra el
gobierno de Dios. El éxito que tuvo al tentar a Adán y a Eva en el Edén e
introducir el pecado en el mundo había envalentonado a este archienemigo, y se
había jactado orgullosamente ante los ángeles celestiales de que cuando
apareciera Cristo, tomando la naturaleza del hombre, sería más débil que él
[que Satanás], y que lo vencería mediante su poder. Se regocijaba de que Adán y
Eva en el Edén no pudieran resistir a sus insinuaciones cuando recurrió a su
apetito. De la misma manera venció a los habitantes del mundo antiguo, por
medio de la complacencia del apetito concupiscente y de las pasiones
corruptas... Y se jactaba de que todavía podría tener éxito en torcer el
propósito de Dios de salvar al hombre mediante Jesucristo.” — (1MS
314.2–316.1).
“En
el desierto de la tentación, Cristo estuvo sin alimento durante cuarenta días.
En ocasiones especiales, Moisés había estado ese mismo período sin alimento.
Pero no sintió las angustias del hambre. No fue tentado y acosado, como el Hijo
de Dios, por un enemigo vil y poderoso. Moisés estuvo elevado por encima de lo
humano. Fue sostenido especialmente por la gloria de Dios que lo rodeaba.” —
(1MS 314.2–316.1).
“Cristo,
el segundo Adán, vino en semejanza de carne de pecado. En favor del hombre se
sujetó al dolor, al cansancio, al hambre, a la sed. Estaba sujeto a la
tentación, pero no se rindió al pecado. Ninguna mancha de pecado estaba sobre
él... El segundo Adán soportó la prueba y la tentación para llegar a ser el
dueño de toda la humanidad.” (Manuscrito 99, 1903; 3MS 160.4).
“Adán
aventajó a Cristo en que, al ser asediado por el tentador, no padecía los
efectos del pecado. Gozaba de una plenitud de fuerza y virilidad, así como del
perfecto vigor de la mente y el cuerpo. Estaba rodeado por las glorias del
Edén, y se hallaba en comunión diaria con los seres celestiales. No sucedía lo
mismo con Jesús cuando entró en el desierto para luchar con Satanás.” (CT
219.4).
“Adán
aventajó a Cristo en que, al ser asediado por el tentador, no padecía los
efectos del pecado. Gozaba de una plenitud de fuerza y virilidad, así como del
perfecto vigor de la mente y el cuerpo. Estaba rodeado por las glorias del
Edén, y se hallaba en comunión diaria con los seres celestiales. No sucedía lo
mismo con Jesús cuando entró en el desierto para luchar con Satanás...” — (CT
219.3–4).
“Cristo
fue tentado en forma cien veces más cruel que Adán, y en circunstancias mucho
peores en todo sentido. El engañador se presentó como un ángel de luz, pero
Cristo resistió sus tentaciones. Redimió la vergonzosa caída de Adán y salvó al
mundo... Vivió la ley de Dios y la honró en este mundo de transgresiones,
revelando al universo celestial, a Satanás y a los perdidos hijos de Adán, que
por medio de su gracia la humanidad puede guardar la ley de Dios.” — (MGD
42.4–5).
2. Lo que el primer Adán perdió Vs lo que el segundo Adán recuperó.
(Basado en Génesis 3; Romanos 5;
Hebreos 2; y los comentarios de Ellen G. White)
El primer Adán, creado “a imagen
y semejanza de Dios” (Gén. 1:26–27), fue constituido cabeza
representativa de la humanidad y dotado de una naturaleza santa, libre
y equilibrada. Su caída afectó no solo su experiencia personal, sino la
condición de toda su posteridad.
|
Dimensión |
Antes de la caída (estado original) |
Después de la caída (estado perdido) |
Fundamento bíblico |
|
1. Dominio |
Tenía dominio sobre la creación y sobre sí
mismo; su mente, emociones y voluntad estaban en perfecta armonía bajo el
amor divino. |
Perdió el dominio propio (apetito, pasiones,
inclinaciones sobre la voluntad), y la creación se rebeló contra él (espinos,
corrupción, etc). |
Gén. 1:28; Rom. 8:20–22. |
|
2. Inmortalidad / Vida eterna |
Fue creado con acceso al árbol de la vida,
símbolo de comunión perpetua con Dios. |
Al pecar, “la muerte entró por el pecado”
(Rom. 5:12); se hizo mortal, destinado al polvo. |
Gén. 3:19, 22–24; Rom. 5:12; 1 Cor. 15:22. |
|
3. Justicia y santidad |
Su naturaleza reflejaba la justicia de Dios;
el amor era el principio de su existencia. |
La justicia fue reemplazada por egoísmo: el
amor propio y la inclinación al mal ocuparon el lugar del amor divino. |
EGW: (CC. 17.1) |
|
4. Relación directa con Dios |
Mantenía comunión cara a cara con el
Creador; no existía barrera. |
La relación se rompió. Nació la enemistad
espiritual, el miedo y la ocultación (“tuve miedo y me escondí”). |
Gén. 3:8–10; Isa. 59:2; Rom. 8:7. |
|
5. Capacidad de obediencia y resistencia al
mal |
Su voluntad estaba en armonía con la de
Dios; podía resistir fácilmente la tentación. |
Su naturaleza debilitada perdió la capacidad
moral plena; la voluntad se inclinó al mal. |
Rom. 7:14–23; Heb. 2:14–15; |
|
6. Capacidad de comprender a Dios |
El intelecto humano reflejaba la sabiduría
divina. |
El pecado oscureció su entendimiento
espiritual; la mente quedó entenebrecida. |
Ef. 4:18; 1 Cor. 2:14. EGW (PR. 175.1) |
|
7. Libertad plena |
La libertad estaba unida a la obediencia; la
ley era fuente de gozo. |
La desobediencia trajo esclavitud interior y
pérdida de libertad moral plena. |
Jn. 8:34; Rom. 6:16–20. EGW: (PP 52.4) |
|
8. Imagen moral de Dios |
Reflejaba el carácter divino: justicia,
misericordia, amor, santidad. |
La imagen se distorsionó, dando origen a la
naturaleza caída y pecaminosa. “El pecado… borró casi por completo la imagen
de Dios en el hombre” |
Gén. 1:26; Col. 3:10; EGW: (3JT. 290.2) |
|
9. Perfección física |
Poseía vigor, salud y equilibrio perfecto. |
La naturaleza humana comenzó un proceso de
degeneración física y mental. |
Gén. 3:16–19 |
|
10. Filiación divina |
Era hijo de Dios por creación. |
Perdió el derecho de hijo y se convirtió en
rebelde. Solo mediante Cristo puede ser adoptado nuevamente. |
Luc. 3:38; Gál. 4:4–7 |
El primer Adán no perdió
únicamente un privilegio; perdió un orden completo de existencia. Su caída
afectó la estructura del ser humano (mente, moral, cuerpo, espíritu)
y la estructura del cosmos (la creación sujeta a corrupción). Como
representante de la humanidad, arrastró consigo a toda su descendencia (Rom.
5:12–19).
El Segundo
Adán y la restauración del hombre:
Por medio de la obediencia
perfecta del Hijo de Dios, la humanidad caída encontró un nuevo punto de
partida. En Cristo se revirtió la derrota del Edén.
Mientras el primer Adán trajo ruina y esclavitud, el Segundo Adán
trajo vida, victoria y restauración.
Pablo declara: “Así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron
constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán
constituidos justos” (Romanos 5:19).
|
Dimensión |
Lo que se perdió |
Lo que el segundo Adán ganó |
Fundamento bíblico |
|
1. Dominio |
Perdió el dominio propio y la autoridad
sobre la creación. |
Cristo restauró el dominio espiritual al
vencer el pecado y someter la voluntad humana a la divina. Recuperó la
autoridad sobre toda la creación (Mat. 28:18). |
Rom. 5:17; Heb. 2:8–9. |
|
2. Inmortalidad / Vida eterna |
La muerte entró por el pecado. |
Cristo abolió la muerte mediante su
resurrección y trajo “la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Tim.
1:10). |
Rom. 6:23; 1 Cor. 15:22, 54–57. |
|
3. Justicia y santidad |
Perdió la justicia original; el egoísmo
reemplazó al amor. |
Cristo trajo una doble justicia: (a)
Imputada: la justicia legal de Cristo acreditada al creyente, base de la
justificación y del derecho al cielo (Rom. 3:21–26). (b) Impartida: el poder
transformador del Espíritu que produce obediencia práctica y crecimiento
continuo (Rom. 8:1–4; Fil. 2:13). |
|
|
4. Relación con Dios |
Se rompió la comunión directa y nació la
enemistad. |
Cristo reconcilió al hombre con Dios (2 Cor.
5:18–19). Su humanidad une la divinidad con la humanidad. |
Heb. 2:17; Ef. 2:13–16. |
|
5. Capacidad de obediencia y resistencia |
La voluntad humana se inclinó al mal. |
Cristo restauró la capacidad moral del
hombre: “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer”
(Fil. 2:13). Su obediencia se imputa y se reproduce en el creyente por el
Espíritu Santo. |
Rom. 8:3–4; Heb. 5:8–9. |
|
6. Capacidad de comprender a Dios |
La mente se entenebreció y perdió
discernimiento espiritual. |
Cristo es “la imagen del Dios invisible”
(Col. 1:15). En Él se revela el carácter del Padre; la mente es iluminada por
su Espíritu. |
Jn. 14:9; 2 Cor. 4:6; Ef. 1:17–18. |
|
7. Libertad plena |
La desobediencia trajo esclavitud interior. |
Cristo liberta al creyente del poder del
pecado y le da verdadera libertad: “Si el Hijo os libertare, seréis
verdaderamente libres” (Jn. 8:36). |
Rom. 6:18, 22; Gál. 5:1. |
|
8. Imagen moral de Dios |
La imagen divina fue distorsionada. |
Cristo restaura esa imagen en el creyente
por el Espíritu: “Hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gál. 4:19). |
Col. 3:10; 2 Cor. 3:18. |
|
9. Perfección física y vitalidad |
La naturaleza humana se degradó y enfermó. |
Cristo llevó nuestras enfermedades y
restaurará plenamente la vida física en la resurrección final. |
Isa. 53:4–5; Mat. 8:17; 1 Cor. 15:42–44. |
|
10. Filiación divina |
Perdió el derecho de hijo de Dios. |
Cristo lo recupera: “A todos los que le
recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12). Somos
adoptados en la familia celestial. |
Gál. 4:4–7; Rom. 8:14–17. |
EGW
comenta:
Y en Él —por la fe— la humanidad vuelve a ser lo que el Creador planeó: hijos,
santos y libres en comunión con Dios.
3. Condenación y justificación: los dos actos representativos de la historia humana
Pablo presenta en Romanos
5:12–21 la verdad fundamental de que toda la historia humana está
concentrada en dos actos representativos, ejecutados por dos protagonistas:
Adán y Cristo.
Ambos actuaron en nombre de la humanidad, pero con resultados opuestos: el
primero trajo condenación y muerte; el segundo, justificación y vida.
“Por tanto, como el pecado entró
en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a
todos los hombres, por cuanto todos pecaron… Así que, como por la transgresión
de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la
justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Ro 5:12, 18).
Ellen G. White lo expresa así:
Tenemos
motivo de incesante gratitud a Dios porque Cristo, por su perfecta obediencia,
reconquistó el cielo que Adán perdió por su desobediencia. Adán
pecó, y los descendientes de Adán comparten su culpa y las consecuencias;
pero Jesús cargó con la culpa de Adán, y todos los descendientes de Adán que se
refugien en Cristo, el segundo Adán, pueden escapar de la penalidad de la
transgresión. Jesús reconquistó el cielo para el hombre soportando la prueba
que Adán no pudo resistir; porque El obedeció la ley a la perfección, y todos
los que tengan una concepción correcta del plan de redención comprenderán que
no pueden ser salvos mientras estén transgrediendo los sagrados preceptos de
Dios. Deben dejar de transgredir la ley y deben aferrarse a las promesas de
Dios que están a nuestra disposición por medio de los méritos de Cristo. FO
91.1
A. La condenación en Adán
El primer Adán, al
desobedecer, introdujo en el mundo la separación, la culpa y la
corrupción moral. Su pecado no fue solo una falla individual, sino
una catástrofe cósmica, cuyas consecuencias afectaron incluso a
toda la creación (Ro 8:20–22).
Aspectos de la condenación en
Adán
|
Dimensión |
Descripción |
Fundamento bíblico |
|
Culpa
legal |
La
humanidad quedó bajo sentencia de muerte. |
Ro 6:23 |
|
Corrupción moral |
La imagen de Dios fue deformada; surgió una
inclinación natural al mal. |
Ef 2:3 |
|
Muerte |
El hombre
fue separado de la fuente de la vida. |
Gn
3:22–24 |
|
Herencia universal del pecado |
Todos fueron constituidos pecadores por su
desobediencia. |
Ro 5:19a |
La muerte incluye tres niveles:
- Física
y natural —todos
mueren como resultado del pecado de un solo hombre.
- Espiritual —separación
relacional de Dios, es vencida cuando nacemos de nuevo por el espíritu.
Ef.2; 1, Juan. 3: 6.
- Eterna —la “muerte
segunda” esta es confirmada por las acciones y elección personal (Ap
20:6,14) y reservada para quienes rehúsan la gracia.
EGW
comentando este asunto dice: “Porque la paga del pecado es muerte: más la
dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. Romanos 6:23.
Mientras la vida es la heredad de los justos, la muerte es la porción de los
impíos. Moisés declaró a Israel: “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida
y el bien, la muerte y el mal”. Deuteronomio 30:15. La muerte de
la cual se habla en este pasaje no es aquella a la que fue condenado Adán, pues
toda la humanidad sufre la penalidad de su transgresión. Es “la
muerte segunda”, puesta en contraste con la vida eterna.
A
consecuencia del pecado de Adán, la muerte pasó a toda la raza humana. Todos
descienden igualmente a la tumba. Y debido a las disposiciones del plan de
salvación, todos saldrán de los sepulcros. “Ha de haber resurrección de los
muertos, así de justos como de injustos”. Hechos 24:15. “Porque así como
en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados”. 1
Corintios 15:22. Pero queda sentada una distinción entre las dos clases que
serán resucitadas. “Todos los que están en los sepulcros oirán su voz [del Hijo
del hombre]; y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; más los
que hicieron mal a resurrección de condenación”. Juan 5:28, 29. Los que
hayan sido “tenidos por dignos” de resucitar para la vida son llamados
“dichosos y santos”. “Sobre los tales la segunda muerte no tiene poder”. Apocalipsis
20:6 (VM). Pero los que no hayan asegurado para sí el perdón, por medio
del arrepentimiento y de la fe, recibirán el castigo señalado a la
transgresión: “la paga del pecado”. Sufrirán un castigo de duración e
intensidad diversas “según sus obras”, pero que terminará finalmente en la
segunda muerte. Como, en conformidad con su justicia y con su
misericordia, Dios no puede salvar al pecador en sus pecados, le priva
de la existencia misma que sus transgresiones tenían ya comprometida y de la
que se ha mostrado indigno. Un escritor inspirado dice: “Pues de aquí a
poco no será el malo: y contemplarás sobre su lugar, y no parecerá”. Y otro
dice: “Serán como si no hubieran sido”. Salmos 37:10; Abdías 16.
Cubiertos de infamia, caerán en irreparable y eterno olvido. CS 532.3
B. La justificación en Cristo
El segundo Adán vino a revertir
la condenación introducida por el primero.
Donde Adán desobedeció, Cristo obedeció; donde el primero trajo muerte, el
segundo trajo vida. Su obediencia perfecta hasta la cruz constituye la base de
una justificación ofrecida a todos los hombres (Ro 5:18).
Aspectos de la justificación en
Cristo
|
Dimensión |
Descripción |
Fundamento bíblico |
|
Provisión
de Justicia |
La
obediencia de Cristo se acredita por la fe al creyente; somos declarados
justos y transformados para la obediencia. |
Ro 5:19b;
2 Co 5:21 |
|
Vida eterna |
Nos une a la fuente de vida, garantiza la
resurrección, y la vida eterna. |
Ef 2:13–18, Ro 5:17, 21 |
|
Gracia
sobreabundante |
La dádiva
gratuita supera con creces la transgresión. |
Ro
5:15–16 |
Ellen G. White escribe:
Bendita el alma que puede decir:
“Soy culpable delante de Dios: pero Jesús es mi Abogado. He violado su ley. No
puedo salvarme a mí mismo; pero puedo basar toda mi defensa en la preciosa
sangre derramada en el Calvario. Estoy perdido en Adán, pero fui
restaurado en Cristo. Dios, que amó de tal manera al mundo, que dio a su
Hijo para que muriera, no me dejará perecer mientras esté arrepentido y
contrito. No me mirará, porque soy indigno; pero mirará el rostro de su Ungido,
mirará a mi Sustituto y Seguridad, y escuchará la defensa de mi Abogado, que
murió por mi pecado, para que pudiera ser justicia de Dios en él. Contemplarlo
me conforma a su imagen. No puedo cambiar mi propio carácter sino participando
de la gracia del que es sólo bondad, justicia, misericordia y verdad. Pero al
contemplarlo, puedo obtener su Espíritu y transformarme a su semejanza...” HHD
122.2
Los efectos de las acciones
del primer y segundo Adán abarcan toda la historia humana y
cósmica, pero su verificación definitiva ocurrirá en el juicio final,
cuando el universo entero reconozca la justicia y la misericordia del gobierno
divino.
Por la unión natural con
el primer Adán, toda la humanidad participa de las consecuencias de su
desobediencia: la corrupción de la naturaleza, la condenación y la muerte (Ro
5:12,18). En él, el hombre perdió su armonía interior, su comunión con Dios y
su derecho a la inmortalidad.
Cristo, el segundo Adán,
inaugura un nuevo orden de existencia. Como la cabeza de una nueva
humanidad, transmite vida, justicia y restauración a todos los que, por la fe,
se unen espiritualmente a Él (1 Co 15:45–49; Ro 5:17). Su encarnación y
sacrificio abren la posibilidad universal de salvación: “por la justicia de uno
vino a todos los hombres la justificación de vida” (Ro 5:18).
No obstante, aunque la gracia
está disponible para todos, su efecto es personal y relacional, y
depende de la respuesta de fe del ser humano. Cada individuo decidirá a cuál
humanidad pertenece: la del Adán terrenal o la del Cristo celestial.
La obra redentora de
Cristo se recibe ahora por fe, pero alcanzará su plenitud
escatológica en la consumación del reino de Dios, cuando la
justificación se transforme en glorificación y la restauración de todas las
cosas sea visible (Fil 3:20–21; Ap 21:1–5).
Así, el juicio final verificará
la realidad de ambas obras:
- La condenación
en Adán se manifestará en la resurrección para muerte eterna (Jn
5:29; CS 532.3).
- La justificación
en Cristo se revelará en la resurrección para vida eterna (1 Co
15:22; Ro 5:21).
El pecado entró en un instante,
por un solo acto de desobediencia; pero la obra de restauración se
extiende a lo largo de la historia del plan de salvación, hasta que el mal sea
erradicado y el universo quede nuevamente en perfecta armonía con su Creador.
🔍 Síntesis:
Dos actos, dos cabezas, dos destinos:
|
Aspecto |
En Adán |
En Cristo |
|
Representación |
Cabeza de
la humanidad natural |
Cabeza de
la humanidad redimida |
|
Acto determinante |
Desobediencia |
Obediencia hasta la muerte |
|
Resultado
legal |
Condenación |
Justificación |
|
Resultado moral |
Corrupción |
Regeneración |
|
Resultado
espiritual |
Muerte y
separación |
Vida y
reconciliación |
|
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4. Implicaciones
teológicas:
La doctrina de los dos Adanes
—uno como cabeza de la humanidad caída y el otro como cabeza de la humanidad
redimida— Es el núcleo del evangelio y el eje del gran
conflicto entre el pecado y la justicia, entre la autonomía del hombre y la
dependencia de Dios. Su comprensión tiene profundas implicaciones para la antropología,
la soteriología, la cristología y la escatología.
a. Implicación antropológica y
Cristológica:
Romanos 5 revela que la
humanidad no es una suma de individuos aislados, sino una raza
solidaria cuya historia espiritual está representada en dos cabezas:
Adán y Cristo.
En Adán todos mueren, todos
están perdidos, porque la naturaleza humana quedó viciada, inclinada al mal,
separada de Dios. Esto implica que la raíz del pecado no es solo moral,
sino ontológica: una alteración profunda en la condición humana. De ahí que
la salvación no pueda limitarse a perdón, sino que requiera una nueva
creación (2 Co 5:17).
Cristo, el segundo Adán, asume
esa humanidad caída —sin pecado— para redimirla desde dentro. En palabras
de Elena G. White: “Cristo hizo un sacrificio infinito. Dio su propia vida
por nosotros. Tomó sobre su alma divina el resultado de la transgresión de la
ley de Dios. Puso a un lado su corona real, y accedió a descender escalón tras
escalón hasta el nivel de la humanidad caída”. 3MS 144.3
Asume la humanidad para unirla a
la divinidad y elevarlo de su estado natural. “Cristo
mismo se revistió de la humanidad, para poder alcanzar a la humanidad. La
divinidad necesitaba de la humanidad; porque se requería tanto lo divino como
lo humano para traer la salvación al mundo. La divinidad necesitaba de la
humanidad, para que ésta pudiese proporcionarle un medio de tener
comunicaciones entre Dios y el hombre.—El Deseado de Todas las Gentes, 253, 254
Por su vida y su muerte, Cristo
logró aún más que restaurar lo que el pecado había arruinado. Era el propósito
de Satanás conseguir una eterna separación entre Dios y el hombre; pero en
Cristo llegamos a estar más íntimamente unidos a Dios que si nunca hubiésemos
pecado. Al tomar nuestra naturaleza, el Salvador se vinculó con la
humanidad por un vínculo que nunca se ha de romper. A través de las edades
eternas, queda ligado con nosotros... Para asegurarnos los beneficios de su
inmutable consejo de paz, Dios dio a su Hijo unigénito para que llegase a ser
miembro de la familia humana, y retuviese para siempre su naturaleza humana... RJ
37.5
Dios adoptó la naturaleza humana
en la persona de su Hijo, y la llevó al más alto cielo. Es “el
Hijo del hombre” quien comparte el trono del universo. Es “el Hijo del hombre”
cuyo nombre será llamado: “Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno,
Príncipe de Paz”. Isaías 9:6. En Cristo, la familia de la tierra y la
familia del cielo están ligadas. Cristo glorificado es nuestro hermano. El
cielo está incorporado en la humanidad, y la humanidad, envuelta en el seno del
Amor Infinito... RJ 37.6
Cristo ha llevado su humanidad a
la eternidad. Está delante de Dios como el representante de nuestra
raza. Cuando estamos revestidos del traje de bodas de su justicia, nos
volvemos uno con él y nos dice: “Y andarán conmigo en vestiduras blancas,
porque son dignas”. Apocalipsis 3:4. Sus santos lo contemplarán en su
gloria, sin que haya ningún velo oscurecedor en medio.—The Youth’s Instructor,
28 de octubre de 1897.
b. Implicación soteriológica: la justificación y la nueva vida
La comparación entre los dos
Adanes muestra que la salvación implica un relacionamiento espiritual con
una nueva representación. El hombre es incorporado bajo el segundo
Adán. “Por la obediencia de uno los muchos serán constituidos justos” (Ro
5:19).
Esto significa que la justicia
de Cristo es doble en su efecto:
1. Justicia
imputada:
somos declarados justos por la obediencia perfecta de Cristo.
2. Justicia
impartida:
somos transformados interiormente por su Justicia que llega al corazón mediante
el Espíritu Santo.
Ellen G. White lo sintetiza así:
“La justicia por la cual somos
justificados es imputada; la justicia por la cual somos santificados es
impartida. La primera es nuestro derecho al cielo; la segunda, nuestra
idoneidad para el cielo.”—Mensajes para los Jóvenes, 32
En Cristo, la humanidad recibe
no solo el perdón legal sino también la restauración moral. Donde
el primer Adán transmitió muerte y corrupción, el segundo comunica regeneración
y vida. Así, el creyente puede vivir una vida de victoria:
Era
imposible que el pecador guardara la ley de Dios, que era santa, justa y buena;
pero esta imposibilidad fue eliminada por la imputación de la justicia de
Cristo al alma arrepentida y creyente. La vida y muerte de Cristo en beneficio
del hombre pecador tuvieron el propósito de restaurarlo al favor de Dios,
impartiéndole la justicia que satisfaría los requerimientos de la ley y
hallaría aceptación ante el Padre. FO 121.3
c. Implicación escatológica:
la restauración final de la imagen divina
El drama de los dos Adanes
alcanza su clímax en el escenario escatológico del juicio y la restauración
final. La historia humana, que comenzó con la caída en Edén, termina con
la reunión redentora entre el primer y el segundo Adán en la
ciudad de Dios. Lo que se perdió en el huerto por la desobediencia del hombre,
se recupera plenamente por la obediencia del Dios-hombre.
Desde el momento de la caída, la
promesa de una nueva simiente fue dada como garantía
divina: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la
simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gn
3:15). Allí se anuncia al segundo Adán, quien vendría a revertir la
maldición y restaurar lo que se había perdido. La cruz constituye el centro
histórico de esa redención —la provisión hecha una vez para siempre—, pero
la consumación final del propósito de Dios se da en el fin del
conflicto cósmico, cuando la humanidad redimida es plenamente restaurada a su
comunión con el Creador.
El apóstol Pablo describe esta
restauración en términos representativos: “Así como en Adán todos
mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Co 15:22). Y más
adelante declara: “El postrer Adán fue hecho espíritu vivificante” (v.
45). En la encarnación, Cristo se identificó con la humanidad; en
su vida sin pecado, elevó la naturaleza humana; en su muerte, redimió
a la raza caída; en su resurrección, venció a la muerte y aseguró
la inmortalidad para los suyos; y en su segunda venida, glorificará
a los redimidos, introduciéndolos en el gozo eterno del reino restaurado.
Ellen G. White describe esta
culminación con una fuerza teológica y poética inigualable:
Entonces se cumple la oración
del Salvador por sus discípulos: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que
donde yo estoy, ellos estén también conmigo”. A aquellos a quienes rescató con
su sangre, Cristo los presenta al Padre “delante de su gloria irreprensibles,
con grande alegría” (Judas 24, VM), diciendo: “¡Heme aquí a mí, y a los hijos
que me diste!” “A los que me diste, yo los guardé”. ¡Oh maravillas del amor
redentor! ¡Qué dicha aquella cuando el Padre eterno, al ver a los redimidos
verá su imagen, ya desterrada la discordia del pecado y sus manchas quitadas, y
a lo humano una vez más en armonía con lo divino! CS 629.1
Esta escena representa el desenlace del conflicto de los siglos: la
humanidad restaurada, el universo reconciliado, y la comunión entre Dios y el
hombre plenamente restablecida. En el encuentro entre los dos Adanes, se revela
la grandeza del plan de redención: el segundo Adán no solo deshizo la obra del
primero, sino que exaltó la humanidad a una unión eterna con la
divinidad.
Cuando se da la bienvenida a los
redimidos en la ciudad de Dios, un grito triunfante de admiración llena los
aires. Los dos Adanes están a punto de encontrarse. El Hijo de Dios está en pie
con los brazos extendidos para recibir al padre de nuestra raza al ser que él
creó, que pecó contra su Hacedor, y por cuyo pecado el Salvador lleva las
señales de la crucifixión. Al distinguir Adán las cruentas señales de los
clavos, no se echa en los brazos de su Señor, sino que se prosterna
humildemente a sus pies, exclamando: “¡Digno, digno es el Cordero que fue
inmolado!” El Salvador lo levanta con ternura, y le invita a contemplar
nuevamente la morada edénica de la cual ha estado desterrado por tanto tiempo. CS
629.3
En ese momento, se cumple el
propósito eterno de Dios: “He aquí el tabernáculo de Dios con los
hombres, y Él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará
con ellos como su Dios” (Ap 21:3). Lo que comenzó con la pérdida del
Edén termina con su restauración gloriosa. La historia humana se cierra con la
proclamación del triunfo divino:“¡Digno es el Cordero que fue inmolado!” (Ap
5:12).
El
Hijo de Dios reparó la culpa y caída del hombre, y ahora, merced a la obra de
propiciación, Adán es restablecido a su primitiva soberanía. Transportado
de dicha, contempla los árboles que hicieron una vez su delicia, los mismos
árboles cuyos frutos recogiera en los días de su inocencia y dicha. Ve las
vides que sus propias manos cultivaron, las mismas flores que se gozaba en
cuidar en otros tiempos. Su espíritu abarca toda la escena; comprende que este
es en verdad el Edén restaurado y que es mucho más hermoso ahora que cuando él
fue expulsado. El Salvador le lleva al árbol de la vida, toma su fruto glorioso
y se lo ofrece para comer. Adán mira en torno suyo y nota a una multitud de los
redimidos de su familia que se encuentra en el paraíso de Dios. Entonces arroja
su brillante corona a los pies de Jesús, y, cayendo sobre su pecho, abraza al
Redentor. Toca luego el arpa de oro, y por las bóvedas del cielo repercute el
canto triunfal: “¡Digno, digno, digno es el Cordero, que fue inmolado y volvió
a vivir!” La familia de Adán repite los acordes y arroja sus coronas a los pies
del Salvador, inclinándose ante él en adoración CS 630.1
Presencian esta reunión los ángeles que lloraron por la caída de Adán y se regocijaron cuando Jesús, una vez resucitado, ascendió al cielo después de haber abierto el sepulcro para todos aquellos que creyesen en su nombre. Ahora contemplan el cumplimiento de la obra de redención y unen sus voces al cántico de alabanza. CS 630.2
CONCLUSIÓN:
La historia de los dos Adanes resume el drama y la
esperanza de la humanidad. En el primero se concentra la tragedia de la caída:
un hombre creado perfecto, dotado de libertad, comunión y dominio, que eligió
la independencia antes que la obediencia, abriendo las compuertas del pecado,
la corrupción y la muerte. En el segundo Adán —Cristo— contemplamos la
respuesta divina a esa ruina: Dios mismo entrando en la historia humana,
revistiendo nuestra carne, enfrentando la tentación en condiciones infinitamente
más adversas, y venciendo donde el primero fracasó.
La obra de Cristo no fue una mera restauración
moral, sino una nueva creación. En Él, la humanidad caída encuentra un nuevo
principio de vida y justicia. Su obediencia perfecta anuló los efectos
devastadores de la desobediencia de Adán; su muerte destruyó el poder del
pecado y su resurrección abrió el camino de la inmortalidad. Lo que Adán perdió
—dominio, justicia, comunión y gloria—, Cristo lo recuperó para todo aquel que
por la fe se une a Él.
El plan de salvación revela, así, la grandeza del
amor divino y el propósito eterno de restaurar en el hombre la imagen de su
Creador. El conflicto culminará cuando los redimidos —la nueva humanidad en
Cristo— se reúnan en la ciudad de Dios. Allí, frente al trono eterno, el primer
Adán verá cumplida la promesa del Edén restaurado; y el segundo Adán, con las
señales de la redención en sus manos, presentará a los redimidos al Padre,
diciendo: “He aquí a mí, y a los hijos que me diste.”
Ese encuentro final entre los dos Adanes sellará el
triunfo del amor sobre el pecado, de la gracia sobre la culpa, y de la vida
sobre la muerte. Entonces, lo humano y lo divino volverán a fundirse en
perfecta armonía, y la historia de la redención mostrará ante el universo que
en Cristo —el segundo Adán— la humanidad ha sido eternamente restaurada.
📜 REFERENCIAS:
- Consejos para Maestros (CT) 219.3–4
- Mensajes Selectos, tomo 1 (1MS)
314.2–316.1
- Mensajes Selectos, tomo 3 (3MS) 144.3;
160.3–4
- Fe y Obras (FO) 91.1; 121.3
- Mensajes para los Jóvenes (MJ) 32
- Conducción del Niño (CC) 17.1
- Patriarcas y Profetas (PP) 52.4
- El Deseado de Todas las Gentes (DTG)
253–254
- Reflejemos a Jesús (RJ) 37.5–6
- A Fin de Conocerle (AFC) 28.1
- El Conflicto de los Siglos (CS) 532.2–3;
629.1–630.2
- Mensajes de Dios (MGD) 42.4–5
- Historia de la Redención (HR) — alusiones
temáticas a la restauración.
- El Comentario Bíblico Adventista, tomo 5,
p. 1129

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