𝑺𝒆𝒓𝒊𝒆: 𝑪𝒐𝒎𝒆𝒏𝒕𝒂𝒓𝒊𝒐 𝑻𝒆𝒐𝒍ó𝒈𝒊𝒄𝒐 𝒅𝒆 𝑨𝒏𝒕𝒓𝒐𝒑𝒐𝒍𝒐𝒈í𝒂 𝑩í𝒃𝒍𝒊𝒄𝒂 /Abner M. Malca P.
En el inicio del relato bíblico, el hombre aparece como 𝐥𝐚 𝐨𝐛𝐫𝐚 𝐜𝐮𝐦𝐛𝐫𝐞 𝐝𝐞𝐥 𝐂𝐫𝐞𝐚𝐝𝐨𝐫 (Gn. 1:26–27). A diferencia de los demás seres vivos, su origen no se limita al simple acto de la palabra creadora, sino que implica un acto personal, íntimo y deliberado: Dios mismo formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida (Gn. 2:7). La antropología bíblica entiende que la vida humana es el resultado de esta doble acción: la materia moldeada y el soplo divino. El ser humano no tiene vida en sí mismo, sino que depende continuamente del Creador.
En palabras de Elena G. de White:

“
Cuando el Señor lo creó a su imagen, el hombre era perfecto en todo sentido, pero no tenía vida. Entonces 𝐮𝐧 𝐃𝐢𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐲 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐱𝐢𝐬𝐭𝐞 𝐩𝐨𝐫 𝐬𝐢́ 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐬𝐨𝐩𝐥𝐨́ 𝐞𝐧 𝐞𝐬𝐚 𝐦𝐚𝐬𝐚 𝐝𝐞 𝐛𝐚𝐫𝐫𝐨 𝐞𝐥 𝐚𝐥𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐝𝐚, y el ser humano llegó a ser un ser viviente, inteligente y que respiraba. Todas las piezas de la maquinaria humana se pusieron en movimiento. Se sometieron a las leyes físicas el corazón, las arterias, las venas, la lengua, las manos, los pies, las percepciones mentales y los sentidos. Entonces el hombre llegó a ser un alma viviente. — (Manuscrito 117, 1898; 3MI 263.1).
𝟭. 𝗟𝗮 𝘂𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲𝗹 𝘀𝗲𝗿 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼:
El texto de Génesis 2:7 es fundamental:

“
Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”.
Este pasaje muestra que el ser humano no tiene un alma aparte del cuerpo, sino que es un alma viviente. En hebreo, la expresión nefesh jayáh significa precisamente “ser vivo” o “persona viviente”. La antropología bíblica, a diferencia del dualismo griego, enseña 𝒖𝒏𝒂 𝒗𝒊𝒔𝒊𝒐́𝒏 𝒊𝒏𝒕𝒆𝒈𝒓𝒂𝒍:
𝗖𝗨𝗘𝗥𝗣𝗢

𝗔𝗟𝗜𝗘𝗡𝗧𝗢 𝗗𝗜𝗩𝗜𝗡𝗢

𝗦𝗘𝗥 𝗛𝗨𝗠𝗔𝗡𝗢 𝗖𝗢𝗠𝗣𝗟𝗘𝗧𝗢.
En palabras de EGW:

“El organismo está compuesto de partes diferentes capacitadas para trabajar en armonía, y dispuestas y proporcionadas de tal forma que hacen un todo completo”.3MI 286.5

a) Una creación distinta en esencia:
El relato de Génesis deja claro que el ser humano no comparte el mismo origen con los animales (que fueron llamados a existir por la palabra divina) ni con los ángeles (espíritus ministradores). El hombre fue formado con las manos de Dios del polvo de la tierra, y luego recibió directamente el aliento de vida del Creador (Gn. 2:7). Este doble acto lo separa de cualquier otra criatura.

b) Vida que depende de la acción providencial de Dios:
EGW refuerza este punto cuando dice: 
“
El organismo físico del hombre está bajo la supervisión divina, pero no es como un reloj que se pone en operación y debe funcionar por sí solo… cada latido del corazón, cada respiración, es la inspiración de aquel que sopló en la nariz de Adán el aliento de vida, la inspiración del Dios omnipresente, el gran Yo Soy” (Review and Herald, 8 de noviembre de 1898; MM 10.2).
Esto indica que la vida humana no solo depende del acto creador inicial, sino de la constante acción providencial de Dios.
En síntesis: Ser humano significa ser la única especie creada a imagen de Dios en la tierra material, con una doble dimensión (polvo + aliento), diseñada para reflejar el carácter del Creador, vivir en dependencia de Él y ser objeto de su plan redentor.
𝟮. 𝗜𝗺𝗽𝗹𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘁𝗲𝗼𝗹ó𝗴𝗶𝗰𝗮𝘀.
La antropología bíblica subraya tres elementos esenciales:

1. La procedencia del polvo: El hombre comparte su origen material con la tierra. Esto señala su fragilidad y dependencia (Sal. 103:14).

2. El aliento divino: El soplo de Dios no es un principio impersonal, sino la acción de un Dios personal y viviente. EGW lo subraya:

“
Por medio de Cristo, Dios, no un efluvio, no algo intangible, sino un Dios personal, creó al hombre y lo dotó de inteligencia y de poder” (Manuscrito 117, 1898; CDCD 271.6).

3. La imagen de Dios: Ser creados a su imagen no significa tener la forma física de Dios, sino reflejar aun lo exterior, aspectos de su carácter moral, espiritual y racional. Aun así, este reflejo se expresa en la unidad indivisible del ser humano: mente, cuerpo y espíritu.
La genealogía bíblica confirma este origen sublime:

“
La genealogía de nuestro linaje, como ha sido revelada, no hace remontar su origen a una serie de gérmenes, moluscos o cuadrúpedos, sino al gran Creador. Aunque Adán fue formado del polvo, era el ‘hijo de Dios’ (Lc. 3:38)” (Patriarcas y Profetas, p. 24.2).
𝟯. 𝗜𝗺𝗽𝗹𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗿á𝗰𝘁𝗶𝗰𝗮𝘀 𝘆 é𝘁𝗶𝗰𝗮𝘀
Si el hombre fue creado a imagen de Dios, ello implica una dignidad intrínseca que debe ser reconocida en toda circunstancia. EGW lo expresa con claridad:
“De todas las obras de Dios, el ser humano es la más elevada, porque ha de representar a Dios” (3MI 285.6).
“El ser humano es la corona de todo lo que Dios ha hecho, y ha de ser objeto de estudio de cada estudiante. La ciencia, verdadera y sin adulterar, en todos sus logros, ha de ser puesta a los pies del Dios de la ciencia. El hombre es un ser que ha de ser estimado” (3MI 286.1).
En términos prácticos:
•

El valor humano no depende de logros, riqueza o poder, sino del hecho de haber sido creado por un Dios personal.
•

El estudio del cuerpo y la mente humana debe llevar a la adoración del Creador y no a la exaltación del hombre.
•

Toda discriminación, violencia o desprecio hacia otro ser humano es una negación de esta verdad bíblica.
𝟰. 𝗖𝗼𝗻𝗲𝘅𝗶ó𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗹𝗮 𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗰𝗿𝗶𝘀𝘁𝗶𝗮𝗻𝗮
El relato de la creación empieza no solo con la maravillosa acción creadora, y un mundo incontaminado, sino que se interrumpe con la caída. Aun así no es solo memoria del pasado, sino fundamento de la redención. El mismo Dios personal que dio vida a Adán, en Cristo ofrece nueva vida a la humanidad caída. Como señala EGW:
“El Señor es un Dios personal y viviente. Un Salvador personal y viviente vino a este mundo para anular los efectos de las torcidas insinuaciones y las tergiversaciones serpentinas de Satanás” (CDCD 271.6).
Así, la antropología bíblica encuentra su clímax en la cristología: el Creador es también Redentor. Lo que se perdió en la caída será restaurado plenamente en la nueva creación (Apoc. 21:5).
𝘾𝙤𝙣𝙘𝙡𝙪𝙨𝙞ó𝙣:En conclusión: ¿qué nos hace realmente humanos?

1. No es solo el polvo: nuestra naturaleza material nos identifica con la creación, pero por sí sola no constituye la vida.

2. No es solo el aliento: el soplo de Dios no nos convierte en chispas divinas independientes, sino en seres dependientes del Creador.

3. Es la unidad del polvo y el aliento bajo la supervisión divina: el ser humano es un alma viviente, un organismo integral en el que cuerpo, mente, voluntad y espíritu se entrelazan inseparablemente.

4. Es la imagen de Dios: lo que verdaderamente nos hace humanos es reflejar a un Dios personal, viviente y amoroso en nuestra racionalidad, moralidad, capacidad de amar y sociabilidad.

5. Es la relación con el Creador: sin Dios, el hombre no pasa de ser barro animado; en comunión con Él, somos la corona de la creación, llamados a representar a nuestro Hacedor.
Por tanto, lo que nos hace realmente humanos no es simplemente existir, sino existir en dependencia de Dios y para reflejar su imagen. Somos verdaderamente humanos cuando reconocemos que nuestra vida, identidad y destino encuentran sentido solo en comunión con el Creador y Redentor. Reconocer esta verdad no solo eleva nuestra comprensión teológica, sino que transforma nuestra manera de valorar a cada persona y de vivir en dependencia del Creador.
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